Perfiles

               
         
 

Dora Iglesias (Honduras, 1970). Tesorera de la Junta Directiva de la UCA Miraflor, representante de la Comisión de Ecoturismo y presidenta de una de las cooperativas de mujeres llamada “Por el futuro de las mujeres”. Tiene una cabaña donde se pueden alojar los turistas. Es madre de 2 hijos: una niña de 14 y un niño de 8.

 

Aunque nació en Honduras, ha vivido casi toda su vida en los alrededores de El Coyolito, que pertenece a la zona baja de la Reserva Natural de Miraflor. Cuando apenas había cumplido un año, sus padres se trasladaron a esta región boscosa del noreste de Nicaragua, a unos 20 kilómetros de la ciudad de Estelí. Dora ha crecido rodeada de naturaleza y ahora asegura que es incapaz de vivir en otro lugar que no sea el campo. Muchos hombres de la comunidad han tenido que emigrar porque la agricultura no les daba suficiente dinero para vivir. Algunos, como su marido, se han ido a Estados Unidos a probar suerte. Sin embargo, Dora encontró una alternativa que le ha permitido quedarse: “Hacía tiempo que venían turistas a visitar este lugar y no sabían dónde quedarse a dormir. Entonces pensé en construir una cabaña para alojarlos”. Pidió un crédito a la UCA Miraflor y levantó una casita de madera con capacidad para cuatro personas, y unas magníficas vistas sobre los campos de maíz y frijoles. “Antes, siempre me sentaba en este lugar para ver la puesta del sol y la salida de la luna. Soñaba que aquí construiría una habitación para mi, pero al final lo hice para los turistas”, sonríe. Cocina y limpia, pero también se queda con todos los beneficios, “que son para mi y para mis hijos”. “Siempre he querido ser independiente. A veces mi marido me dice medio riendo que gano más que él pero en verdad no le importa”.

 

Dora ha cambiado mucho desde que forma parte de una de las cooperativas de mujeres que constituyen la UCA Miraflor. “Estar organizadas nos ha reportado muchos beneficios, pero sobre todo ha permitido que nos sintiéramos seguras de nosotras mismas, que descubriéramos que somos únicas. Me siento mejor en una cooperativa de mujeres porque es más abierta la comunicación. Algunas mujeres tienen miedo de estar en una cooperativa de hombres porque dicen que les van a robar hasta el derecho de hablar. Por otro lado, las mujeres somos mejor pagadoras y es más fácil que nos concedan créditos”, describe.

 
                                 
             
           
 

 

Empezó a trabajar como guía casi por casualidad cuando tenía 19 años. Su tía, presidenta de la Asociación para el Desarrollo de Chagüitillo, le propuso que acompañara a los visitantes que llegaban al pueblo a conocer los restos arqueológicos de la zona, especialmente rica en petroglifos precolombinos. “No ganaba ni un peso”, recuerda este joven que por aquel entonces trabajaba de lo que le salía y estudiaba al mismo tiempo administración de empresas. “Pero me gustaba tanto que sacaba tiempo de donde podía”, continúa. Muchos fines de semana los dedicaba a realizar estos tours que despertaron en él un gran interés por la historia, la arqueología, la antropología o la cultura propia.

 

“Lo que más me motiva es conocer lo nuestro”, asegura. Hasta ese momento, Néstor no era consciente del valor de los petroglifos con los que jugaba siendo niño. Tampoco se había planteado lo que significaba que su familia fuera descendiente directa de la casta indígena del Valle de Sébaco. Actualmente devora todos los libros sobre estos temas que caen en sus manos, y le encanta salir a explorar los alrededores del pueblo donde ha crecido, para encontrar nuevas piezas de interés. “Es increíble la riqueza que tenemos en esta comunidad, podríamos llenar 20 museos”, remarca. Paralelamente ha realizado capacitaciones para ser guía local y animador turístico. En febrero del 2005 se inauguró el Museo Precolombino de Chagüitillo y fue nombrado responsable, cargo que ocupa con orgullo. “Honestamente, el museo lo creamos pensando en los chavalos de aquí. Queríamos que la gente de la comunidad se diera cuenta de lo que tiene y se apropie del museo. Por eso ellos no pagan ni un céntimo por la visita”, explica este joven que se considera “rebelde y rockero”.

 

Extrovertido y lleno de energía, Néstor piensa que el contacto con los “cheles” es muy enriquecedor. “Hablando con ellos aprendes mucho. Conoces otras culturas y formas de ser”, explica, aunque su experiencia le ha enseñado que no todos los extranjeros son iguales: “No le veo ningún beneficio al turismo convencional, ese donde los “cheles” dejan sus dólares en un hotel de lujo, sino al turismo que viene dispuesto a interactuar con la gente de aquí, a comer gallo pinto y a dormir en una casa humilde. Cuando los turistas que vienen al museo me preguntan dónde ir a comer siempre les envío a sitios donde sé que el dinero es para la comunidad. Lo que pasa es que muchos turistas vienen con su cuadro rayado”, lamenta.

 

Su prioridad ahora es modernizar el museo y hacer inventario de los petroglifos que hay en la zona. También ha pensado en organizar una excavación arqueológica. “El problema es que los museos no son rentables y es difícil obtener financiación”, denuncia. A corto plazo también quiere aprender inglés y francés. Y en un futuro no muy lejano estudiar antropología.

   
                                 
               
               
 

Doña Petrona (Santo Tomás del Norte, 1966). Casada con 6 hijos, el mayor de 23 años y el menor de 8. Una de las hijas ya no vive en casa.

 

Doña Petrona es una persona famosa en el Departamento de Chinandega. “Todo el mundo me conoce, hasta en Managua”, asegura ella misma. “Cuando veo que hacen algo injusto siempre estoy allí para denunciarlo”, continúa, convencida de que “los políticos sólo reaccionan cuando les das una buena azareada en público. Si vas por la vía oficial, no te hacen ni caso”. Su trayectoria como activista empezó cuando las cuatro comunidades del municipio de El Viejo la eligieron como coordinadora comarcal. Desde entonces no ha parado de trabajar para mejorar las condiciones de vida de la gente de este lugar. Y lo ha hecho desde varios frentes: ya fuera pidiendo fondos para construir una escuela o traer el agua potable a las comunidades o recogiendo firmas para proteger los manglares. “Empecé siendo analfabeta y ahora sé leer y escribir. He recibido capacitaciones de distintas organizaciones, hasta he conseguido bachillerarme como técnica agrónoma. Estudiar es muy importante para avanzar. Yo tengo mis defectitos, como por ejemplo un carácter bastante fuerte, pero he aprendido a dialogar. Antes no toleraba nada; todo eran discusiones”, explica esta mujer que ahora es incapaz de vivir sin su agenda, su celular, ni su secretaria personal.

 

Recientemente se ha embarcado en la tarea de promocionar el turismo en la región. “Pensamos que atraer turistas a nuestra zona nos ayudaría a mejorar nuestras condiciones de vida. Y así ha sido. Por un lado, permite que los visitantes conozcan las necesidades de la población y algunos decidan colaborar con proyectos o apoyar con dinero. Por otro, las familias de aquí han aprendido a ser más higiénicas en las cocinas o a proteger el medio ambiente para que los turistas vengan a pasearse”.

Doña Petrona guarda un registro exhaustivo de todos los turistas que han recibido, desde que empezaron en el 2002. “La mayoría son mochileros que quieren tener un roce familiar con la gente de aquí. Básicamente, alemanes, españoles y japoneses. También hemos tenido algún cooperante, pero esos no aportan. Cuando llegan los visitantes, nosotros decidimos en qué casa se van a alojar para que estén bien cuidados. Siempre designamos un responsable de vigilar que estén a gusto. Tienes que fijarte en qué les das para comer para evitar que sufran diarreas y tengamos que llevarlos al médico. Los japoneses son muy delicados en ese sentido”, observa esta mujer que siempre tiene proyectos en mente: “Aunque la cifra está aumentando, todavía tenemos pocos visitantes. Creemos que vendrán más si damos más información sobre los atractivos de la zona. Además, ahora ya tenemos buenas condiciones, como letrinas, que es algo que los turistas siempre nos pedían. No obstante, seguimos trabajando para acomodar todas las viviendas y capacitar a todas las familias de tal forma que los beneficios del turismo no sean sólo para unos cuantos sino que reviertan en toda la comunidad. También nos gustaría construir cabañas independientes, pero de momento no podemos porque cuesta mucho dinero”.

 
                                 
                   
                   
 

Natividad Guadalupe (La Escoba, municipio de Diriomo, 1973). Responsable de cocina en la Cooperativa Nicaragua Libre de la UCA Tierra y Agua. Casada, con 2 hijos, una niña de 11 años y un niño de 3.

 

Natividad vio cómo nacía el proyecto de turismo rural comunitario de la Cooperativa Nicaragua Libre, de la que su marido es socio, y que forma parte de la UCA Tierra y Agua. Incluso participó en la construcción del albergue y ayudó a las otras mujeres a lijar, tallar y barnizar las sillas, las camas y las mesas. A coser las sábanas y los mosquiteros. Pero no fue hasta un año y medio después que le propusieron entrar en la cooperativa y empezar a trabajar en el albergue, ubicado en la ladera sur del volcán Mombacho, a pocos kilómetros de la ciudad de Granada. “Me preguntaron si me gustaría estar en la cocina y dije que sí”, describe esta madre de dos niños que valora muy positivamente que el trabajo esté cerca de su casa. “No tengo que buscar a alguien para que se ocupe de mis hijos. Si hace falta me los traigo aquí y los turistas juegan con ellos”.

 

Empezó desde abajo como ayudante de cocina, y hoy ya es la responsable. “Me encargo de ir al mercado y hacer los menús. Lo más cansado es hacer las compras, además tienes que ser rápido y listo y yo no sé nada de matemáticas”, ríe esta muchacha que ha trabajado muchos años como doméstica, y así fue como aprendió a cocinar, entre otras tareas del hogar. Aunque es muy buena en la cocina, prefiere que cocinen para ella. “Especialmente mi marido que lo hace muy rico”, bromea.

 

A sus conocimientos previos se le han sumado los que ha obtenido mediante las capacitaciones. “No es lo mismo cocinar para un nica que para un chele”, advierte Natividad que ha tenido que aprender a tratar y recibir a los turistas. “Cuando llegan les preguntamos cómo les gusta que cocinemos para que no haya desperdicio, si nosotros lo hacemos de una manera y a ellos les gusta de otra. Por ejemplo, al principio nos sobraba mucha comida y tuvimos que ensayar otras medidas. Hemos comprobado que una libra de carne es suficiente para tres cheles. Aquí sólo daría para dos”, explica medio divertida. También ha aprendido normas de higiene: “Antes de empezar a cocinar, nos lavamos las manos, nos recogemos el pelo y nos ponemos un delantal. Tenemos que limpiar bien todos los alimentos, vigilar que no haya moscas, ni trapos sucios”, describe, convencida hasta el punto de que ahora también aplica este procedimiento en su propia casa. Y de paso se lo enseña a amigas y familiares. “A veces no tenemos para ir al Centro de Salud, y para evitar enfermedades es mejor tener la verdura y la fruta bien lavadas”, asegura.

 

Para ella, trabajar en el albergue ha sido enriquecedor en muchos sentidos. “Antes me pasaba el día encerrada en casa, ahora vengo aquí, tengo amigos y platico con los turistas. Soy más comunicativa y me siento más libre”, concluye.

 
                                 
                       
                       
 

José Santos Rivera López (Ometepe, 1958). Expresidente de la Cooperativa Carlos Díaz Cajina, conocida como Finca Magdalena. Casado, con 4 hijos, la mayor de 22 años y el menor de 11. Todos están estudiando.

 

“Nunca imaginé que conseguiríamos todo esto”, confiesa José al contemplar la Hacienda Magdalena gestionada por la cooperativa, presidida hasta hace unos meses por él mismo. Situada en la falda de Volcán Maderas, uno de los dos volcanes que forman la isla de Ometepe en el lago Cocibolca, esta finca ofrece alojamiento y comida a los visitantes, organiza excursiones a la zona con guías profesionales y vende café orgánico y miel que produce en sus tierras. “Empezamos con el turismo en el 97, y actualmente es nuestro principal medio de subsistencia”, explica lleno de satisfacción. “Seguimos cultivando café y granos básicos (frijoles y arroz) porque es un reclamo de muchos visitantes pero también porque ahora todo lo que ganamos es para nosotros y no para el patrón. Las diversas fuentes de ingreso nos permiten pagar nuestras deudas. Nuestra prioridad es reinvertir las ganancias para no tener que pedir préstamos”, añade.

 

Con tantos años de experiencia, José ha aprendido mucho sobre el funcionamiento del turismo que “no sólo es beneficioso para la Cooperativa, sino para toda la comunidad que puede vendernos sus productos como el pollo, el chiltoma o el pescado. Además, destinamos una parte de nuestros beneficios a obras sociales”. El trato cotidiano con los visitantes (tanto nacionales como internacionales) y con los empleados, tales como cocineras, meseras, guías o el mismo contable, es una fuente inagotable de información que utiliza para mejorar. “Lo mejor para aprender es el día a día. Muchas capacitaciones son sólo papeles y aquí no somos muy dados a estudiar”, afirma este hombre que ha tenido la oportunidad de viajar para conocer otros proyectos turísticos. “En Honduras me gustó mucho ver cómo trabajan en conjunto con el gobierno municipal, algo que en Nicaragua es muy difícil. Aunque paguemos nuestros impuestos nos tienen abandonados. Sobre todo le pedimos a la alcaldía que mejore el camino para llegar a la finca, de forma que el viaje sea más agradable para los turistas, y también para los vecinos de aquí”, reclama.

 

Observar a la competencia es otra forma de aprender: “A diferencia de los hoteles de la isla, nosotros organizamos excursiones a lugares vírgenes donde se pueden ver el venado, la pava y el armadillo. Además somos los más cómodos. Preferimos ofrecer precios bajos a cambio de tener turistas siempre. De todas formas, también queremos atraer gente de más nivel económico. Por eso hemos construido dos cabañas independientes, con baño propio y ventilador, cumpliendo con lo que nos han pedido otras veces”.

 

Aparecer en Internet y tener su propia web (www.fincamagdalena.com) les ha permitido captar un número creciente de visitantes. “La mayoría de las reservas se hacen vía e-mail”, asegura este aficionado a navegar por la red “para ver lo que ocurre en el mundo”. Sin embargo, José también es consciente de que existen factores externos que pueden cambiar tanta bonanza: “Con la guerra de Irak el turismo se suspendió. La huelga del transporte también nos afectó mucho. Igual que las noticias de terremotos en la isla”.

 
                                 
                     
 
                           
 

Clarinda Humphreys Moses (Laguna de Perlas 1954), miembro del grupo de personas de la comunidad miskita de Kakabila interesadas en promover el turismo. Madre soltera de tres hijos: uno biológico y dos adoptados de una hermana que murió.

 

Doña Clarinda es originaria de Laguna de Perlas, en la región del Atlántico Sur del Caribe nicaragüense, pero al conocer al que fue su compañero se trasladó a la comunidad de Kakabila, donde vive hace treinta años. Habla inglés criollo, miskito y español.

 

Fue profesora de la escuela, pero por una enfermedad de los nervios se jubiló hace dos años y hoy vive de una pequeña pensión -equivalente a 57 dólares al mes, y de trabajar un pedacito de tierra comunitaria donde, con la ayuda de sus hijos, al menos siembra la comida: yuca, quequisque, yampí, plátano; como ella dice: “ tengo que luchar sola por mis hijos”. Con tantas dificultades y tan pocos recursos, no es raro que doña Clarinda vea en el turismo una posibilidad de obtener un ingreso extra:

 

“El turismo es como desarrollo para la comunidad, porque estos lugares son muy pobres. Aquí la gente vive de la pesca y la agricultura, pero en tiempos pasados había más pescado y más chacalín, íbamos a buscar una tortuga y traíamos hasta 25 o 30. Hoy por la falta de vedas ya no se pesca ni la mitad que antes: ¡cuesta conseguir una tortuga! ¿Qué va a ser de nosotros si esto sigue así? Por eso tengo esperanza en el turismo: cuando lleguen los turistas yo sé que el beneficio va a ser para todos, porque muchos aquí van a poder ganar algo: vendiendo cocos de agua, llevando a la gente a conocer los lugares, alquilando caballos, vendiendo comida...”

 

Viendo el potencial de la comunidad y entusiasmo de la gente, un proyecto les financió quince ranchitos de bambú en medio de un palmeral de cocos. Ahora, como dice doña Clarinda: “tenemos la esperanza de que algún día empiecen a llegar los turistas...”

   
                                 
  WITEWELL WELINGTON OMIER DANIELS                        
                               
 

Witewell Welington Omier Daniels (Rama Cay, 1943) es Coordinador general del proyecto de turismo de la isla Rama Cay.

 

Don Witewell Omier, a sus 63 años, conoce, porque la ha vivido, una buena parte de la historia del pueblo Rama, etnia de la que apenas quedan cuatro comunidades, unas 1.400 personas en total, cuya “capital” es Rama Cay, donde vive don Witewell.

 

Su papá fue pastor de la iglesia Morava y él le acompañaba en las celebraciones religiosas tocando el órgano. En aquella época en la isla las casas eran de palma y madera rolliza, hoy “con el progreso” tienen el techo de zinc, que es más caliente, y las paredes de tablas aserradas con motosierra. Su papá, a pesar de ser religioso, no tenía para mandarlo a la escuela, por eso lo que aprendió fue lo que le enseñó un vecino, que como dice don Witewell “no tenía ni mucha técnica ni mucho método; él simplemente enseñaba como podía lo que sabía, que no era mucho”.

 

En aquella época, además de no haber escuela, tampoco había pupitres, ni pizarra, ni cuadernos. Tenían, como si dijéramos, una escuela virtual. Se sentaban en unas varas de madera en un ranchito de palma y con un pizarrín y una tiza, que hacían las veces de cuaderno, escribían las letras. Terminó su primaria en la comunidad Wilwaskarma, donde además aprendió miskito, y regresó como profesor de primaria a su isla, trabajo en el que se desempeñó toda su vida.

 

Hoy Rama Cay tiene escuela de concreto y un centro de salud, pero el pueblo Rama sigue viviendo como lo hicieron sus ancestros: de la pesca, la caza y la agricultura en sus tierras comunitarias en tierra firme, en gran parte para el autoconsumo, porque no tienen dónde vender sus productos, lo que es una dificultad enorme para poderse superar como pueblo, porque como dice don Witewell: “aquí es raro el joven que, acabando el bachillerato, puede salir de la isla a la universidad, sólo que consiga una beca”. Sobrevivir, para el pueblo Rama, sigue siendo entonces comer y tener algún ingreso para comprar lo que no producen: jabón, aceite, azúcar, un radio de baterías... Por eso el turismo para ellos, con el hotelito para quince personas que tienen en la isla, “es una forma de comenzar a cambiar la vida, de desarrollarnos, de tener empleo...”, aunque “sensibilizando a la gente sobre quiénes somos, cuál es nuestra historia y nuestras costumbres, porque siempre debemos sentirnos orgullosos de ser ramas...”

 

Ellos ahora son apenas un grupito de siete personas organizadas en torno al proyecto de albergue, pero esperan que en el futuro el turismo les pueda traer el desarrollo que tanto necesitan para sobrevivir como pueblo.

 
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